Hoy de cumplen 110 años de este sublime discurso del dr. Oleary
Texto 1913 ....La juventud oriental organizó, hace pocos
meses, una peregrinación civica a la Asunción del Paraguay, determinada por dos
motivos simpáticos y poderosos: saludar al país hermano en el aniversario de su
independencia y cubrir de flores el sitio que fué tumba, en la vida y en la
muerte, del ge neral José Artigas.
DIA 14 9 a. m. Recepción en la
Universidad.. Harán uso de la palabra los -- - doctores Manuel Domínguez,
Ignacio A. Pane y el señor Juan E. O'Leary.
Cerró el acto el director del Colegio
Nacional, señor Juan E. O'Leary. El inspirado cantor de nuestras glorias habló
en la siguiente forma:
"Señores: La juventud paraguaya ha querido que
fuera yo quien en su nombre os diera la bienvenida en esta casa que es como el
ALMA MATER del Paraguay moderno. Ella me ha pedido, también, que os expresara
el inmenso júbilo que llena su alma al veros en nuestra tierra, materializando
con vuestra presencia viejos afectos, cultivados al través del tiempo y de la
distancia. Ella desea, en fin, que yo interprete sus sentimientos hacia la gran
patria oriental y hacia sus hijos heroicos y caballerescos. Pues bien, señores:
escuchad el mensaje, y en la torpeza de mis palabras no busquéis sino la
expresión de mi sinceridad. Vosotros sabéis, orientales hermanos, que por sobre
todas las virtudes de nuestra raza ha estado siempre nuestra inflexible
lealtad, ya que por acabar de ser leales lo fuimos hasta con el infortunio, con
la derrota y con la muerte. Podéis, pues, creer que cuanto vais a oir es apenas
un débil acento de lo que todos los paraguayos llevamos para vosotros en
nuestro corazón sin dobleces, sentimientos tan profundamente arraigados que
nada ha podido debilitar, ni aún la locura de los tiempos, ni aún los horrores
de la guerra, en dias que nosotros ni siquiera recordamos ya... Y la verdad es
que nuestra simpatia viene de lejos y que su explicación no es dificil si
pedimos a la historia que ilumine las tinieblas del pasado. Nuestras patrias
vinieron a la vida en la misma hora, bajo idéntico des- tino. Una misma
fatalidad pesó sobre las dos, un mismo anhelo las empujó adelante y los mismos
contrastes se interpusieron en su camino. La geografia perfiló los caracteres
singulares de la raza, y, dentro de la gran familia rio- platense, tuvimos
nuestras fronteras morales, contra las cuales se estrellaron al Norte y al Sud
las mismas ambiciones vecinales. No necesito recordaros en todos sus detalles
este estrecho paralelismo de nuestro ayer, ni necesito insistir sobre las
infinitas afinidades de nuestros pueblos. Pero he de evocar el recuerdo de un
episodio de nuestra común historia que es como la consagración de esa alianza
espiritual que siempre ha existido entre nosotros: Era la hora crepuscular,
anunciadora del claro amanecer de un nuevo dia. Extraños rumores flotaban sobre
el ambiente de la dormida colonia. El des- contento empezaba a agitar a los
criollos, hasta entonces sumisos al yugo español. Nada había, pero los
horizontes se oscurecian, y oídos bien expertos podian percibir el apagado
rumor de la lejana tempestad. El virreinato, tran quilo en apariencia, era como
un volcán en cuyas entrañas el fuego preparaba la erupción. Y ya lo sabéis, la
vieja Albión precipitó los acontecimientos, lle gando a nuestras puertas, en
son de guerra y de conquista, fiada en nuestra secular docilidad, en nuestra
antigua mansedumbre. Buenos Aires se irguió con arrogancia, Montevideo se
aprestó también a la pelea... y el Paraguay acudió resuelto al primer llamado
de sus hermanos en peligro. La lucha fué terrible, revelándose un nuevo factor
en el drama de la his- toria, factor activo, enérgico, avasallador, llamado a
producir transforma ciones radicales y a operar milagros ni siquiera
sospechados. Ese factor era el hombre americano, con cuya acción el mundo no
contaba, y bajo cuyo in- flujo redentor iba a florecer la libertad a la faz de
la Europa esclavizada! Salvada la vencida Capital, gracias a nuestro eficaz
apoyo, los ingleses volvieron la vista a Montevideo, dirigiéndose contra ella.
En tan apurado trance el desgraciado Marqués de Sobremonte corrió en vuestra
defensa, al frente de un poderoso núcleo de milicianos, reclutados en las
diversas provincias del virreinato. Entre ellos iban muchos centenares de
paraguayos, a las ordenes del comandante José Antonio Yegros, padre del futuro
prócer de nues tra independencia. Atacado por el invasor en los alredores de la
ciudad, Si bremonte no supo sacar partido de los elementos de que disponía,
sacrificando torpemente a sus soldados y dándose a la fuga, apenas empezada la
batalla. Los jinetes paraguayos, entre los que estaba el después brigadier Fulgencio Yegros, y los jinetes orientales,
entre los que estaba el después general José Gervasio Artigas, pelearon juntos,
resistieron juntos, murieron juntos, bajo el tremendo fuego de los cañones
enemigos... ¡Gervasio Artigas y Fulgencio Yegros! ¡Pensadlo bien, hermanos
orientales! ¿No son acaso esos dos hombres providencia es la encarnación
viviente de su raza y la síntesis humana de nuestra historia patria? Artigas
era el Uruguay que iba a nacer; Yegros el Paraguay que se acer-caba. Los dos
confundidos en el heroismo, abrazados en el peligro, juntos ante la muerte,
eran como una revelación de nuestro destino, anudaban lazos que nunca se habían
de romper, señalaban rumbos al porvenir. Yegros y Artigas sellaban asi, al pie
de los muros de Montevideo, un pacto que todas las vicisitudes de nuestra
tormentosa existencia no habían de des-truir. Y la sangre de nuestro héroe,
herido de muerte en la batalla, rubricó aquel épico encuentro de dos pueblos,
aquella fusión de dos razas, aquella comunión de dos patrias en un solo ideal
de libertad. He aquí el punto de partida de esta corriente de hondo afecto y de
inquebrantable simpatía que nos une, suprimiendo distancias, haciendo rimar
los latidos de nuestro corazón en una indestructible fraternidad. De alli
arranca esa afinidad de sentimientos entre paraguayos y orientales, que si
alguna vez parece turbada por la demencia de los hombres, es sólo para resurgir
más vigorosa, para asegurar definitivamente su imperio, para echar más hondas
raices en las entrañas de nuestro pueblo. Quizá Artigas no presintió que a su
lado caia Yegros, vale decir el Para guay, para levantarse vencedor del polvo
de la derrota. Quizá Yegros no sospechó que junto a él era vencido aquel
obscuro blandengue, en cuya alma de fuego ardia el patriotismo charrúa, inmenso
predestinado de vuestra historia, condensación luminosa de esos vagos instintos
de la raza a los que él dió forma, a los que él dió vida, pronunciando la
primera palabra de vuestro génesis. Pero desde aquella sangrienta encrucijada
en que se puso a prueba el temple de nuestro espiritu. partieron los dos
profetas, el uno hacia vuestras cuchillas, el otro hacia nuestras selvas, sombrios
y meditabundos, des-lumbrados por la misma revelación. Y cuando sonó la hora
del peligro, lan zados en pos de! mismo ideal, detenidos por idénticos
obstáculos, amenazados en su obra y desconocidos en su empresa por la misma
implacable madrastra, Artigas y Yegros se buscaron a la distancia, como viejos
camaradas, y sus miradas se encontraron, si bien sus anhelos salvadores no
pudieron fundirse en la realidad de los hechos. Estaba escrito que ellos
arrojarian la semilla y la fecundarian con sus lágrimas y con su sangre, pero
que no verían bri llar el dia del triunfo, el dia bendito de la sacra cosecha,
desde los umbrales del hogar feliz, en medio de sus pueblos redimidos. Y cuando
llegó para el patriarca el instante inicial de su larga agonía, en aquel
melancólico declinar de su fortuna, desecha honores, rechaza preben- das,
agradece gentiles ofrecimientos, y, doblando sobre el pecho la cabeza, pone al
trote su fatigado caballo de batalla, que en diez años no ha tenido una hora de
descanso... y marcha al Paraguay! Fulgencio Yegros, y los jinetes orientales,
entre los que estaba el después general José Gervasio Artigas, pelearon juntos,
resistieron juntos, murieron juntos, bajo el tremendo fuego de los cañones
enemigos... ¡Gervasio Artigas y Fulgencio Yegros! ¡Pensadlo bien, hermanos
orientales! ¿No son acaso esos dos hombres providencia es la encarnación
viviente de su raza y la síntesis humana de nuestra historia patria? Artigas
era el Uruguay que iba a nacer; Yegros el Paraguay que se acer caba. Los dos
confundidos en el heroismo, abrazados en el peligro, juntos ante la muerte,
eran como una revelación de nuestro destino, anudaban lazos que nunca se habían
de romper, señalaban rumbos al porvenir. Yegros y Artigas sellaban asi, al pie
de los muros de Montevideo, un pacto que todas las vicisitudes de nuestra
tormentosa existencia no habían de destruir. Y la sangre de nuestro héroe,
herido de muerte en la batalla, rubricó aquel épico encuentro de dos pueblos,
aquella fusión de dos razas, aquella comunión de dos patrias en un solo ideal
de libertad. He aquí el punto de partida de esta corriente de hondo afecto y de
inquebrantable simpatía que nos une, suprimiendo distancias, haciendo rimar los
latidos de nuestro corazón en una indestructible fraternidad. De alli arranca
esa afinidad de sentimientos entre paraguayos y orientales, que si alguna vez
parece turbada por la demencia de los hombres, es sólo para resurgir más
vigorosa, para asegurar definitivamente su imperio, para echar más hondas
raices en las entrañas de nuestro pueblo. Quizá Artigas no presintió que a su
lado caia Yegros, vale decir el Para- guay, para levantarse vencedor del polvo
de la derrota. Quizá Yegros no sospechó que junto a él era vencido aquel
obscuro blandengue, en cuya alma de fuego ardia el patriotismo charrúa, inmenso
predestinado de vuestra historia, condensación luminosa de esos vagos instintos
de la raza a los que él dió forma, a los que él dió vida, pronunciando la
primera palabra de vuestro génesis. Pero desde aquella sangrienta encrucijada
en que se puso a prueba el temple de nuestro espiritu. partieron los dos
profetas, el uno hacia vues tras cuchillas, el otro hacia nuestras selvas,
sombrios y meditabundos, des- lumbrados por la misma revelación. Y cuando sonó
la hora del peligro, lan zados en pos de! mismo ideal, detenidos por idénticos
obstáculos, amenazados en su obra y desconocidos en su empresa por la misma
implacable madrastra, Artigas y Yegros se buscaron a la distancia, como viejos
camaradas, y sus miradas se encontraron, si bien sus anhelos salvadores no
pudieron fundirse en la realidad de los hechos. Estaba escrito que ellos
arrojarian la semilla y la fecundarian con sus lágrimas y con su sangre, pero
que no verían brillar el dia del triunfo, el dia bendito de la sacra cosecha,
desde los umbrales del hogar feliz, en medio de sus pueblos redimidos. Y cuando
llegó para el patriarca el instante inicial de su larga agonía, en aquel
melancólico declinar de su fortuna, desecha honores, rechaza preben- das, agradece
gentiles ofrecimientos, y, doblando sobre el pecho la cabeza, pone al trote su
fatigado caballo de batalla, que en diez años no ha tenido una hora de
descanso... y marcha al Paraguay! devolviéndonos esos sangrientos despojos de
nuestro heroismo sin fortuna, renunciando a una herencia de odios que vuestra
nobleza repudiaba, para im ponernos solamente una deuda de gratitud... Y
tendréis la explicación de ese creciente cariño hacia vosotros que las nuevas
generaciones paraguayas han recibido de sus mayores, y de ese intenso júbilo
con que os vemos llegar a nuestras playas, como a ausentes queridos, por cuya
vuelta suspirábamos. Y como si aun no fuesen suficientes tantos vínculos,
vuestra generosidad ha querido sellar, una vez más, esta estrecha fraternidad,
fundiendo en bronce vuestro afecto, para dejar sobre la tumba del guerrero que
simboliza nuestra esperanza en el desastre, el homenaje del Uruguay de hoy en
los laureles de una corona. ¡Gracias, hermanos! El presente y el pasado se
refunden asi en la gran memoria de Artigas. Yegros y Díaz no son sino la Patria
misma en marcha hacia el porvenir. Con la sangre del uno se firmó el primer
pacto en vuestra tierra, sobre el sepulcro del otro va a confirmarse la
eternidad de ese abrazo que impusiera el Sembrador. Pero, por sobre todo, está
él, su espíritu flota sobre nuestra vida, como sobre el caos el espíritu de
Dios. Somos hermanos en El, y lo seremos, a pesar de todos nuestros errores y
extravios, porque más poderosa que nuestras pasiones, y más grande que nuestras
debilidades, es la sugestión de su recuerdo!"






Fuente: Paraguay-Uruguay las fiestas de confraternidad celebradas en Asuncion con motivo de la peregrinacion , Por Adriano Irala y Santino Burgos .Bs.As.1913